“El chancho vs. la Toyota: victoria del Scania”
Era un lunes a primera hora, con una neblina tan espesa que los faros parecían lanzar destellos tímidos. Ramiro, el más prolijo de la empresa, arrancó su Scania con acoplado, vacío, rumbo al norte. Dentro del acoplado viajaba una Toyota nuevecita que don Marcelo le había encargado llevar hasta un campo cercano a Colonia Dora. “Cuidala como cuidas el Scania”, le advirtió el patrón antes de despedirse.
Los primeros kilómetros transcurrieron sin sobresaltos: Ramiro tarareaba su música de siempre y se aseguraba de que cada espejo estuviera perfectamente alineado. Pero llegó el tramo cerca de Ceres donde la niebla y la soledad de la ruta se unieron para jugar una mala pasada.
De repente, ¡pam! Un chancho descomunal —tan grande que parecía un novillo— se cruzó en su camino. El golpe sacudió el acoplado, que rodó de costado derramando polvo y un par de tuercas que rodaron por el asfalto. El camión, en cambio, ni se inmutó y siguió de pie, como si la Tierra lo abrazara con firmeza.
Ramiro bajó con el corazón en la garganta y, apartando un poco la niebla, vio la Toyota aplastada dentro del acoplado: parabrisas hecho añicos, chapa doblada por todos lados. Mientras buscaba el celular, apareció José, otro chofer que venía de atrás y no sabía nada de la carga:
— ¡Ramiro! Menos mal que no volcaste, ¡qué susto!
— Todo perfecto —contestó Ramiro, forzando una sonrisa—.
José se largó con un “menos mal”, orgulloso de la resistencia del Scania, sin imaginar que la verdadera víctima era una Toyota convertida en sopa de metal. Y así, entre risas nerviosas y mate tibio, Ramiro comprendió que a veces la niebla trae sorpresas… y que no todos los chanchos terminan en los chorizos.
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