El Bocón y los mocasines del puerto

El Bocón y los mocasines del puerto

En el taller de Federico todos sabían que El Bocón tenía buena mano para la mecánica, pero también una habilidad especial para encontrar líos donde otros solo veían tornillos.

Un día, un camionero amigo le trajo unos mocasines comprados en un puestito afuera del puerto. Negros, brillosos, con suela plástica y pinta de elegantes… siempre y cuando uno los mirara rápido y desde lejos.

—¡Mirá qué facha! —dijo El Bocón, estrenándolos orgulloso.

Federico los miró y sentenció:

—Con eso no caminás, patinás.

Pero El Bocón, como todo hombre feliz con calzado regalado, no escuchó.

Días después llegó un camión al taller. Había que sacarle la carrocería, y entre todos los empleados lograron desmontarla. Después quedaba quitar el enganche, que tenía las tuercas más engrifadas que discusión de sobremesa.

Le pusieron aflojatodo, golpearon, probaron con llave, pero nada. Entonces apareció El Bocón:

—Dejen, me subo yo.

Se trepó a los largueros del camión, con una pierna de cada lado y una palanca larguísima en la mano. Todo el taller se quedó mirando, porque cuando El Bocón decía “yo lo hago”, podía salir bien… o podía haber espectáculo.

Hizo fuerza una vez. Nada.
Hizo fuerza de nuevo. Nada.
A la tercera, la tuerca cedió de golpe.

Y ahí los mocasines del puerto mostraron su verdadera calidad: eran más lisos que jabón mojado.

El Bocón perdió pie, hizo un intento heroico por mantenerse, pero terminó cayendo entre los largueros. Primero pegó de panza contra el diferencial, después se raspó con las mangueras y finalmente aterrizó en la fosa del taller.

Hubo un segundo de silencio.

Federico se asomó:

—¿Estás vivo?

Desde abajo se escuchó:

—Vivo sí… entero vamos viendo.

Cuando logró levantarse, dolorido, lleno de grasa y con la dignidad bastante abollada, todos vieron que en la caída había desconectado varias mangueras de freno.

Federico lo miró serio.

El Bocón, tratando de acomodarse la ropa y salvar algo de orgullo, dijo:

—Bueno, aparte de sacarle el enganche, ahora tenemos que conectar todas las mangueras de freno.

Y ahí explotó el taller de risa.

Desde ese día, nadie volvió a confiar en los mocasines del puerto. Y cada vez que alguien se subía a un chasis, Federico preguntaba primero:

—¿Qué tenés puesto en los pies?

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