Carlitos lloró en La Feliz

Carlitos lloró en La Feliz

(Un cuento rutero del año 1989)

Año 1989. En el corazón de Santa Fe, un pibe de veinte y pico empieza a hacerse hombre arriba de un camión. Le decían Carlitos. Flaco, pelo revuelto, cara de bueno y más ganas de andar que miedo al embrague.

Entró a trabajar en un frigorífico grande, de esos que mueven carne como si fueran bolsas de harina. Y para sorpresa de todos —y de él también— le entregaron un camión como si fuera un veterano del volante: un Scania 112 rojo, recién pintado, con acoplado y todo.

La primera vez que lo vio, Carlitos se quedó quieto, mirándolo.
Parecía que en vez de darle un camión, le estaban entregando un sueño.

Le tocaban viajes largos, con cargas congeladas: hamburguesas, milanesas, medallones. Iba de un lado al otro del país, manejando más frío que un freezer con angustia.

Pero lo suyo no era solo el volante. Carlitos era curioso. En cada viaje, se bajaba del camión y salía a caminar los pueblos. Se tomaba un café en estaciones perdidas, sacaba fotos con una Kodak prestada y anotaba nombres raros en un cuadernito azul.

Y entonces le tocó ese viaje.
Destino: Mar del Plata.

Había escuchado hablar tanto del mar...
Pero él, que venía de tierra adentro, solo lo conocía por las etiquetas de las latas de atún.

Llegó bien temprano.
Entregó la carga cerca de las nueve.
Y cuando volvió a subirse al Scania, no arrancó para volver.

Se quedó pensando.
Miró el horizonte, olió el aire salado.
Y dijo en voz baja:

—“Estoy en Mar del Plata... y no conozco el mar. ¿Cómo me voy a ir así?”

Y sin pensarlo dos veces, giró para el lado contrario de la ruta y se fue directo a la costanera.

Iba despacio, casi como si el camión también quisiera ver el agua.
Pasó por el puerto, se quedó un rato mirando los barcos.
Después siguió... y cuando estaba por llegar al Casino, el destino le clavó las balizas.

Tremendo operativo municipal.
Lo cercaron tres móviles.
Un inspector con más bigote que paciencia se le acercó a los gritos.

—“¡¿Cómo se te ocurre meterte acá con ese camión, pibe?! ¡Esto es zona turística, no el puerto de Rosario!”

Carlitos se bajó.
No dijo nada.
Solo alzó los hombros, abrió las manos, y con los ojos al borde de la tormenta murmuró:

—“No sabía… no sabía.”

Y fue tan sincero, tan tierno y tan desubicado… que los inspectores se miraron, aguantaron la risa y dijeron:

—“Dale, subite. Te escoltamos hasta la autopista. Pero esto no se lo contés a nadie, ¿eh?”

Y así fue.
Carlitos salió de Mar del Plata escoltado por tres móviles municipales.
Como si fuera un embajador, pero con olor a fiambre y nervios en las manos.

Ese día conoció el mar.
Se le llenaron los ojos de agua… aunque nadie supo si era por la emoción o por el cagazo.

Lo cierto es que Carlitos lloró en La Feliz.

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